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Archivo: Mayo 2008

ANÁLISIS ÉTICO DE LA EDUCACIÓN DESDE LA ALTERIDAD

caleb_1904 14/05/2008 @ 01:46

Por Grisel Cova y José Pernía
Cada vez que en un aula, durante un Taller de Actualización Docente, se habla de “democratizar la educación”, todo el mundo se mira como diciendo: ¿y es que acaso no es democrática la educación en Venezuela? ¿Es que acaso en los actuales momentos no hay más oportunidades de estudio que antes? Y, ciertamente tienen razón: más cupos, más espacios es lo que sobra en la actual educación venezolana, pero democracia... ¡esa sigue siendo la mayor ausente!
Y es que una educación para la democracia debería partir del reconocimiento de la alteridad, de ese otro, del reflejo de aquel a quien, por más que nos empeñemos en negar, paulatinamente nos vamos asemejando, hasta serle iguales. Ese alter ego que fue alienado de todos y todas a través de un sistema educativo autoritarista, basado en el academicismo, en la construcción de visiones separadas de la realidad empírica de los seres humanos, para implantar la realidad científica, la impuesta por la academia en el sentido pobre de la palabra, porque también tiene un contenido que va más allá del aula y de la mezquindad humana.
A partir de ese proceso de extrañamiento, se enemistó al hombre con sus verdaderas raíces, con su lenguaje y su historia, imponiéndole esquemas que no le pertenecían, que no le expresaban, que no le contenían. No es de extrañar que la única manera de retener a los niños, niñas y adolescentes en el sistema educativo haya sido el Programa de Alimentación Escolar. Es claro que, sin este recurso, la escuela se manifiesta incapaz de ofertar un espacio para el crecimiento de los niños y niñas en un ambiente de respeto por su diversidad.
Y este es un requisito sine qua non para el surgimiento de una educación contextualizada, pertinente: que respete la diversidad, que se encuentre basada en el reconocimiento de la alteridad, de la posibilidad que existan otras maneras de ser, pensar y percibir, que deben ser incorporadas al proceso de enseñanza – aprendizaje en términos del saber empírico de los niños, niñas y adolescentes, como parte fundamental de la construcción del currículo, no como simple enunciado desde la promoción de la participación activa y protagónica, sino como elemento que permite efectivizar esa presciencia total.
En este concepto no cabe el Estado como único docente, o el Estado Docente, en cuanto lo que de ideológico pueda tener que el Estado se haga amo y señor de todo lo que se va a enseñar, como si los que se encuentran en los espacios didácticos no tuvieran nada que aportar o, simplemente, no supieran lo que desean aprender, negándose la participación mientras se la ensalza desde todos los ángulos y en todos los tonos posibles. Es decir, la construcción de una hipocresía colectiva donde participan los engañadores y los engañados, aún teniendo conciencia de la estafa en desarrollo.
Una educación para el reconocimiento de la alteridad, debe desarrollar una concepción nueva de la historia contemporánea, desde la reconstrucción de la memoria colectiva, esa que se encarga de enseñar cómo se debe sembrar según las fases de la luna, o cómo usar determinadas ramas para curar esto o aquello. Es también la didáctica elaborada en el lenguaje materno, ese que transmite los sabores y olores de la tierra, hasta comunicar lo indescriptible.
Entonces, educar dentro del reconocimiento de la alteridad es también formar para la paz, un resurgimiento de la conseja popular “haz a otros como quieras que hagan contigo”, o con mayor precisión, la vindicación de la enseñanza Cristiana que ordena “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, y que desde el Nuevo Testamento reclama la construcción de un sistema relacional basado en la misericordia como fundamento de una vida llena de paz, abundancia, amor y seguridad.
Una ordenanza que se construye en la vida de los seres humanos mediante la aproximación a la alteridad como una realidad circundante que, hasta ahora, ha permanecido subsumida en la prisa por alcanzar los estándares académicos, rasantes, prodigadores de igualdad en el sentido de neutralidad mental y espiritual, de pérdida de los valores autóctonos y sustitución de ellos por formas extrañas de pensamiento y acción, en nombre del desarrollo técnico y científico de la humanidad. Por esa vía, los seres humanos han llegado a desconocerse, a separarse, a alienarse de tal manera que la vida, o la muerte del otro no importan.
Esa desnaturalización del ser ha conducido a una anomia de tales dimensiones, que se han normalizado el secuestro y la extorsión, el tráfico y consumo de drogas, el terrorismo y la delincuencia, sin que a los docentes parezca afectarles para nada la situación del contexto, mientras puedan cumplir con los objetivos propuestos en Proyectos de Aprendizaje que nada tienen de resonancia popular; se hacen atendiendo a los contenidos programáticos, se desarrollan en el aula actividades que nada tienen que ver con los discentes, que no les comunican nada, que no les comprometen.
Y es que el compromiso no es más que un enunciado que no se vitaliza en acciones concretas que permitan romper el aislacionismo y la barbarie en que se mantiene a los seres humanos en virtud de la primacía del saber científico sobre el saber empírico.
Ese afán de cientifizar el pensamiento humano es, además un crimen contra el derecho a pensar, escribir, hablar y ser distinto. La diferencia no es permitida en una educación que se instituye en dueña y señora del pensamiento y, por ejemplo, de la Historia, cuando cercena partes, sustituye otras y viola el proceso normal de desarrollo de la humanidad para establecer como valioso aquello que no lo es y viceversa, o para instilar, como si de un veneno se tratara, una forma de ver las cosas, una postura epistemológica, estableciendo así una dictadura psicológica sobre los discentes.
Falta compromiso sí, pero compromiso con la verdad, con la justicia, con la equidad; compromiso con el derecho al reconocimiento y respeto a la alteridad, lucha denodada que es necesario librar por la equidad en todos los términos que la misma contempla: económica, cultural, política, social, de género. Es la adquisición de una postura que reivindique el matricentrismo de la sociedad venezolana como un elemento constitutivo – y distintivo – de la cultura vernácula, de lo genuinamente venezolano.
Pero es, también, el derecho del educador a reivindicar su potencial heurístico para diseñar, sin la camisa de fuerza del Estado Docente, las estrategias necesarias para apoyar el izamiento de las banderas libertarias y de toda la volatilidad juvenil. Es la ruptura con esquemas preconcebidos de pensamiento, occidentalizantes o izquierdizantes, según sea quien manda y gobierna, para convertir el aula en la verdadera academia: ese espacio en que caben, juntos, el númen del conocimiento y lo más profundo del pensamiento y el sentimiento humano, sin más trabas que las que le impongan los deseos de los estudiantes y el derecho colectivo de participar, aportar y construir, cada uno, a su tiempo, a su manera y en su momento, su propio camino pedagógico.
Pero esto tiene que hacerse sin la demagogia de una libertad a medias, de la inserción de un nuevo coloniaje donde antes estaba el viejo, con la anatematización del adversario como instrumento para la segregación y el establecimiento del miedo como estrategia metodológica para la dominación del alienado, al cual se instituye en un desposeído profesional por la vía de la sustitución: se le exime del derecho de ser, de representarse a sí mismo, de reconocerse en el otro, hasta que se lo anula y se lo prepara para ser como El Buen Soldado Shweick de Bertold Brecht: obediente, pero no mucho, con las botas amarradas al revés, para mostrarnos su estado mental.
Educar, en suma, es preparar para la vida, lo cual no es otra cosa que reconocer que existen otros – y otras - que modifican el accionar nuestro a cada paso, generando conflictos, encuentros y desacuerdos que suponen aprendizaje. Es formar para el respeto y la tolerancia, para el amor a lo propio y la aceptación de lo ajeno en la misma medida, sin xenofobias, ni posturas altisonantes. Educar en este nuevo siglo es retomar los caminos de libertad de conciencia y compromiso con el otro, para la construcción de la paz.

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